lunes, 12 de septiembre de 2016

Olvido

Abría los ojos ante una brumosa iluminación que inundaba sus pupilas, no recordaba nada, su cuerpo apenas respondía, ante el frio tan intenso que lo invadía; estaba completamente desnudo en una habitación de paredes blancas, o al menos, alguna vez lo fueron. No se veía alguna puerta, solo un gran espejo lleno de manchas de sangre y huellas de manos.
Aunque no sabía dónde estaba, reconocía el lugar, como si lo hubiese visto antes, aun así, las risas nerviosas se reflejaban en su boca; miraba hacia todos lados, buscando una salida, o algo con que cubrirse, pero el cuarto estaba vacío.
Como león enjaulado caminaba de aquí para allá, viendo una y otra vez esperando que mágicamente una salida se revelara ante él, pero nada de eso sucedía. Solo unos minutos bastaron para que la locura lo invadiera, y comenzara a interrogar a su propio reflejo.
Pero tanta era su perturbación, que no pudo darse cuenta que la persona del otro lado del espejo no era él, aunque también cargaba pesadez y confusión en su rostro. Su monologo frente al espejo, terminó con un sobresalto, debido a los terribles gritos y lamentos provenientes de afuera.
Después vinieron unos arañazos, y junto a ellos, las paredes se desgarraban como simples hojas de papel, dando paso a decenas de seres traslucidos y mutilados. Fue ahí, que la memoria le llegó de golpe, viendo aquellas obras de arte, las que el mismo creó con sus manos, las muecas de dolor que los espíritus cargaban consigo, fueron las mismas que aquel confundido hombre les provocó al arrancarles la vida.
Miró entonces alrededor con pasión, en ese cuarto dejaba que su arte fluyera, cada mancha de sangre, tenía su propia historia y las recordaba todas con placer. No le importaba entonces, estar siendo objeto de su última obra, dejó que los espíritus vengativos lo hicieran flotar por la habitación, lo estrellaran contra los muros, y se pelearan por sus miembros.
Ni el mismo pudo planear un final mejor para sí mismo. Todas esas personas que asesinó, habían vuelto de la muerte para hacerle lo mismo, pero tales actos, solo les valieron para negarles el descanso eterno, y hoy se encuentran todos juntos vagando, repitiendo la historia con cualquier desventurado que se cruce en su camino.

La sonrisa de Cristina

La noche se tornaba sombría; la escasa iluminación de las calles era absorbida por la oscuridad, llenando todo de penumbras, que solo se acompañan por el sonido de la lluvia golpeando el asfalto. Las personas se habían guardado en sus casas, solo quedaron aquellos que caminaban por necesidad.
Entre ellos Romina, una chica de humilde procedencia, que no ajustó ese día para el transporte que la llevara de la universidad a su casa. Era algo común para ella, muchas veces había recorrido ese camino en las mismas condiciones, pero eso no evitaba que se le crisparan un poco los nervios.
A pesar de que el frio obligaba a todos a esconder su rostro bajo sombreros, bufandas o abrigos, causando cierta desconfianza al cruzarse unos con otros, Romina estaba consciente de que lucía igual de sospechosa que ellos, y se movía con cautela para no causarle un susto a alguien.
A pocas calles de su casa, sintió alivio, ya estaba en sus terrenos y eso le daba seguridad, sin embargo, al doblar la esquina, distinguió a una oscura silueta caminando por la misma acera y en dirección a ella. Conforme ambos avanzaban, le inquietaba un poco no poder distinguir sus ropas, ni el sonido de sus pisadas, era tan solo una sombra que hacia tintinear las luces por donde pasaba.
Con un poco de precaución Romina se fue a la otra acera, apurando el paso, volteando para todos lados, y la sombra no estaba más… no estaba más en la lejanía, se había posado frente a ella, sujetándola fuerte del cuello. Robándole la vida y arrastrándola a lo más profundo del sufrimiento eterno.
Al mismo tiempo, Cristina, su amiga de toda la vida, estaba sentada en medio de un pentagrama dibujado con sangre, le pedía al maligno que se llevara a Romina y la mantuviera cautiva en el infierno, pues sentía mucha envidia de ella, y no quería verla más en este mundo.
Los días pasaron, Romina seguía desaparecida ante la consternación de todos sus allegados, excepto de Cristina, que ocultaba su sonrisa, pues estaba contenta de que sus ruegos fueron escuchados.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Camino peligroso

Por más que me negué a presentarme en la tercera boda de la tía Edith, al final, no tuve más que aceptar. El tiempo no me ajustaba para llegar después de salir del trabajo, así que tomé el camino más rápido, aunque este fuese también el más peligroso.
La carretera estaba desierta, solo alguien medio loco transitaría en ese terreno montañoso por la noche en plena tormenta de nieve. Cada vez que pasada por un pueblito, pensaba en quedarme y no asistir al fastidioso evento, pero entonces tendría que pasar la vida con los reclamos diarios de mi madre y eso me atemorizaba más que patinar el coche en el asfalto.
Faltaban tan solo unos cuarenta y cinco minutos para llegar, cuando mi coche se detuvo así nada más, dejándome tirado en medio de la nada, tome el móvil para pedir que alguien viniera a recogerme, pero estaba sin cobertura. Sentí un poco de alivio, finalmente me había librado del compromiso, y no fue mi culpa, no podrían argumentar que no lo intenté.
En unos segundos, los cristales se empañaron, el frio era tremendo, pero tenía que bajar a empujar el auto fuera del camino; fue entonces que me di cuenta que estaba en medio de un poblado, el cual no noté debido a su nula iluminación. Entonces después de mover el coche, me di a la tarea de buscar un refugio mejor.
En ninguna de las puertas a las que llamé hubo respuesta; empezaba a helarme la sangre, así que me di la vuelta para regresar al auto, y entonces la vi. Ella estaba parada junto a mi coche, inmóvil, observándome fijamente; llevaba un camisón blanco, y estaba descalza sobre la fría nieve. No atendía a mis saludos, así que supuse que algo le había pasado y caminé rápidamente para ayudarla.
Al acercarme, empecé a distinguirla mejor, su ropa estaba sucia, su cabellera desarreglada y sus ojos no estaban, solo unas enormes, oscuras y vacías cuencas que me fueron la razón suficiente para huir de ahí, sin embargo, mi cuerpo no estaba de acuerdo, pues no quiso responder a mis impulsos, dejándome clavado en la nieve como una simple estaca, mientras ellas se acercaba a mí, alzando sus brazos, gritando y chillando como animal herido de muerte. Creí que ahí terminaban mis días, sus manos más frías que la nieve, presionaban mi cuello con fuerza sobrehumana, apenas podía distinguirla frente a mí, estaba a punto de perder la conciencia, pero una fuerte luz brilló de pronto, quitando los nubarrones de mis ojos.
Cuando al fin pude ver con claridad, esa horrible mujer se había esfumado, y detrás de la cegadora luz venia un anciano, reprendiéndome por transitar en tales condiciones por caminos encantados. Y yo que pensaba que la gente lo evitaba tan solo por las peligrosas curvas y barrancos.